Miércoles, 8 de diciembre de 2021

La Inmaculada Concepción

Lecturas:

Gn 3, 9-15.20. Establezco hostilidades entre ti y la mujer,

Sal 97, 1-4. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Rom 15, 4-9.  Cristo salvó a todos los hombres.

Lc 1, 26-38. Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Los orígenes de esta fiesta se remontan a los siglos VII y VIII en Oriente. Poco a poco fue penetrando en Occidente y extendiéndose por toda la Iglesia, hasta que el papa Pío IX, el día 8 de diciembre del año 1854, declaró como dogma de fe que santa María, por un singular privilegio, en previsión de los méritos de Jesucristo, fue preservada de toda mancha de pecado original.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María llena de gracia por Dios (cf. Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción (cf. Catecismo, 491).

María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada del pecado original por la misión a la que Dios la había destinado: ser la Madre del Redentor.

En el tiempo de Adviento, esta fiesta nos lleva a pensar en la Madre del Redentor, cuyo nacimiento vamos a celebrar pronto.

La Palabra nos presenta a María en la historia de la salvación: la desconfianza y desobediencia de nuestros primeros padres nos dejó la herencia del pecado original.

María es la perfecta sierva del Señor, que aceptó su Palabra hasta el final. Por eso, María es la mujer nueva, concebida sin pecado, y madre de la humanidad redimida.

También para María todo viene de Jesucristo, como centro de la historia de la salvación. María fue preservada del pecado original en previsión de los méritos de Jesucristo. Elegida y predestinada para su gran misión, del mismo modo que nosotros estamos destinados por Dios a participar de su gloria.

Y este es el dilema de cada día: vivir en la desconfianza y la desobediencia -como Adán y Eva-, vivir queriendo ser tú el dios de tú vida… Y se notará en que va apareciendo en ti la autosuficiencia, la arrogancia, la queja, la protesta, el resentimiento, la sospecha…

O vivir como María: escuchando, confiando, obedeciendo, dejándote llevar por el Espíritu… Y se notará en que vives proclamando el Magnificat, tu Magnificat, vives en la gratitud y la alabanza, que es el eco de la acción del Espíritu Santo en tu vida.

Y tú... ¿Qué modelo eliges para tu vida? ¿Quieres vivir como María, dejando que tu vida la lleve el Espíritu? ¿O quieres vivir como Eva, convirtiéndote tú en el dios de tu vida?

Pide el don del Espíritu Santo para que tú también puedas decir ¡hágase en mi vida como tú quieras, Señor! Entonces tu vida será una gran aventura, pero también un gran canto de alabanza porque en medio de tu vida contemplas la gloria de Dios.

A toda la tierra alcanza su pregón (cf. Sal 19, 5).

¡Ven Espíritu Santo! 🔥 (cf. Lc 11, 13).

Homilias de D. Jorge Miró

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