Martes 9 de Febrero de 2021

Lecturas:

Gén 1, 20 – 2, 4a.  Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

Sal 8, 4-9.  ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Mc 7, 1-13.  Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

Continuamos escuchando el primer relato de la Creación.

Y vemos como Dios corona la obra de la creación creando al hombre -varón y mujer- a su imagen y semejanza: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.

Por haber sido creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona. Es alguien. Es capaz de conocerse, de darse libremente, de entrar con comunión con otras personas. Es llamado, por la gracia de Dios, a una alianza con su Creador (cf. Catecismo  356s). Su vida -tu vida- está llamada a ser una historia de amor con el Señor. Estás llamado a ofrecerle al Señor una respuesta de fe y de amor.

Ser imagen de Dios significa que llevamos en nosotros el aliento vital de Dios, y toda vida humana está bajo la especial protección de Dios. Significa que el hombre no puede vivir cerrado en sí mismo (Benedicto XVI).

El hombre se realiza plenamente como persona cuando sale de sí mismo, cuando puede decirle a Dios:. Ser imagen de Dios significa que el hombre es un ser de la palabra y del amor, destinado a darse al otro… y en esa entrega de sí mismo, se recobra a sí mismo: si el grano de trigo no cae en tierra…

El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. El hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde, porque Dios no dejará de amarnos nunca. Esta dignidad viene inmediatamente de Dios, y no depende de las cualidades personales.

La semejanza sería el crecimiento progresivo de la imagen hasta su perfección. Es un proceso conducido por el Espíritu Santo, que culmina en la vida eterna: seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (cf. 1 Jn 3, 2). Se realiza por la gracia de Dios acogida y se pierde por el pecado, pero puede ser restaurada por Cristo, por el perdón de los pecados.

En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a someter la tierra como administradores de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del Creador, el hombre y la mujer son llamados a participar en la providencia divina respecto a las otras cosas creadas.

¡Os daré un corazón nuevo!  (cf. Ez 36, 26).

¡Ven Espíritu Santo! 🔥 (cf. Lc 11, 13).

Homilias de D. Jorge Miró

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